LLORIS, D.- 1999. Cambio climático ¿Actividad humana o natural?

De un tiempo a esta parte y con cierta asiduidad, los medios de comunicación, tanto audiovisuales como escritos, bombardean a los ciudadanos con noticias y artículos sobre un tema que, de confirmarse, podría hacer variar drásticamente el sentido y orientación de las sociedades a nivel global.

Así, recientemente, podemos asistir a debates televisados sobre la sequía en España, el problema derivado de la quema y erosión de los bosques, la importante temática sobre el aprovechamiento integral del agua, etc. Incluso, se pueden leer comunicados de agencia aludiendo a la sequía que afecta a un país contemplado como históricamente húmedo como es Gran Bretaña (Verano de 1995), la ola de calor que afectó a Estados Unidos o bien, todo lo contrario, inundaciones fuera de la escala normal en China, América central (El Salvador, Nicaragua y Honduras) y en la costa del pacífico sudamericano (Perú), por citar algunos ejemplos de países situados geográficamente en el hemisferio norte.

En todos ellos siempre se alude a un controvertido asunto sujeto a múltiples y variados intereses. Me estoy refiriendo al Cambio Climático.

Tales medios de comunicación simplemente se hacen eco, con mayor o menor fortuna, de protocolos, declaraciones de intenciones, conferencias, trabajos o convenios que periódicamente se llevan a cabo en distintos países o a raíz de un hecho concreto por lo aparatoso y extraño, o por la polémica que ello suscita. Sin embargo, como podremos ver más adelante, el tema es, sin ánimo de echar más leña al fuego, preocupante.

En la inmensa mayoría de este tipo de noticias, se detecta un denominador común, que hace referencia a la cantidad de gases emitidos por las sociedades industrializadas, en especial, el dióxido de carbono (CO2) como principal responsable del llamado efecto invernadero y, otros, implicados en la destrucción de la capa de ozono (filtro o escudo protector que nos defiende de la penetración de rayos ultravioleta), como son los halones, tetracloruros de carbono, etano, bromuro de metilo, y los más conocidos clorofluorocarbonos (CFC) capaces, al parecer, de desestabilizar la climatología terrestre.

En términos globales se cree que dichas emisiones, producto de las actividades humanas, pueden generar cambios climáticos de toda índole y no sólo a las que nos tienen acostumbrados las noticias de tal o cual evento, puesto que al ya mencionado incremento de la concentración de dióxido de carbono, habría que añadir muchos otros, entre los que podríamos destacar la acumulación de partículas suspendidas en el aire, las cuales al reflejar las radiaciones emitidas por la superficie terrestre, contribuyen al calentamiento del mismo y, al descenso en la cantidad de precipitaciones debido a que la presencia de múltiples núcleos de condensación estabilizan las nubes impidiendo la formación de gotas grandes de agua. Sin embargo, hay que saber que la erupción de un volcán, como el Novarupta (Alaska) o el Pinatubo (Filipinas), eyectaron la atmósfera tal cantidad de materiales nocivos que ridiculizan cualquier acción contaminante llevada a cabo por el ser humano en toda su historia y, que existen ciclos volcánicos estrechamente relacionados con las variaciones climáticas y la precesión de los equinoccios.
De igual forma, cuando nos referimos a los clorofluorocarbonos y al agujero de ozono cunde la alarma a niveles que en ocasiones rozan el esperpento. No se trata de que prescindamos drásticamente del "spray" mata mosquitos, ni de la laca fijadora del peinado, ni del frigorífico o la refrigeración de nuestro automóvil. Un solo vuelo de un reactor transpolar, de los muchos que existen, fagocitan más ozono que el que podría consumir una familia entera a lo largo de toda una vida de usar los aludidos productos.

Por todo ello, no son de extrañar las conclusiones a las que se llega después de alguna de las múltiples reuniones de expertos de todo tipo y pelaje culpando, exclusivamente, al hombre y en particular a las sociedades industrializadas de todos los males susceptibles de alterar el clima, tal como reza en algún titular de corte periodístico aludiendo al mensaje preliminar, emitido en Roma por el Grupo Intergubernamental de Cambio Climático (GICC), organizado por la ONU e integrado por más de 2000 científicos de 60 países.

Sin ánimo de polemizar, hay que señalar que existen otros factores e indicadores capaces de demostrar que los cambios climáticos que ahora parecen evidentes, no son nuevos ni atribuibles exclusivamente a la acción del hombre, pues vienen produciéndose de forma paulatina y a diferentes niveles, desde un período de tiempo anterior al que nos tienen acostumbrados los diferentes medios de comunicación.

Para explicitar este camino, recurriremos a otras disciplinas alejadas de las que, hasta ahora, parecen ser las únicas implicadas en el proceso (la Industria química, como posible responsable de las emisiones gaseosas, y la Meteorología como detectora y seguidora de ambos fenómenos).

Así, en primer lugar veamos que nos dice la Biogeografía y, en particular la Ictiogeografía marina, la cual, a modo de hilo conductor, nos pondrá de manifiesto aspectos susceptibles de ilustrar el paulatino proceso de cambio ambiental. En segundo lugar nos remitiremos a una parte de la Geografía física y a la relación entre la Tierra y el Sol, es decir una parte de la Astronomía, que aportarán una hipótesis con la que trataremos de concretar la posible causalidad de los acontecimientos climatológicos. Ambas, nos propondrán que, éste, no es un fenómeno de nueva factura, ni tienen por qué ser debidos en exclusiva a la actividad humana.

En efecto, desde tiempo atrás, distintos investigadores y gentes relacionadas con el mar vienen señalando la inusual presencia de especies de peces típicas de aguas cálidas o tropicales en latitudes, más frías, que no les correspondían en su habitual distribución geográfica, mientras que las que eran habituales en las aguas frías retrocedían hacia regiones más boreales, mostrando, con sus desplazamientos la existencia de una expansión latitudinal de las especies tropicales, en sentido del ecuador hacia los polos (fenómeno de bipolarización), y una retracción de las más septentrionales. Ante esta singular proposición cabe preguntarse, una vez más, acerca de la amplitud de tales informaciones y su significación. Veamos unos ejemplos:

Estudios hidrometeorológicos llevados a cabo en el Atlántico norte, señalan que durante un período de 57 años (desde 1880 hasta cerca de 1945), se produjo un sustancial evento físico que fue el incremento de 0,5º C en la temperatura global. De igual forma, dentro del mismo intervalo temporal, entre 1925 y 1935 se detectó la presencia de peces típicos de aguas meridionales en las islas Británicas y costas atlánticas francesas, que entre 1935 y 1945 especies boreales, de las cuales el bacalao era un ejemplo, retrocedieron a latitudes más altas.

Estas aportaciones no dejan de suscitar interesantes reflexiones al presentarse de forma concomitante con la caída sostenida de las pesquerías de Clupeiformes, como es el caso de la anchoveta del Perú, provocada por el fenómeno hidrológico conocido como el Niño; la detectada en la vertiente atlántica de Namibia, donde la extracción de Sardinops ocellata se vio mermada, aparatosamente, a partir de 1975.

Más recientemente, en el Mediterráneo occidental ibérico, ciertas especies, antaño frecuentes, brillan por su ausencia, mientras que otras que se citaban como aisladas y ocasionales vienen registrándose con asiduidad y en mayor número, tal es el caso de un pequeño pez denominado ochavo (Capros aper), el cual parece haberse asentado, con cierta periodicidad y en forma masiva, en el sudeste español.

Referencias similares siguen produciéndose en constante goteo, mostrándose más evidentes en función de la atención prestada en la región o lo aparatoso que resulte el hallazgo. Así, nos encontramos con peces, cuyos centros de dispersión se originan en el Océano Índico que han penetrado en el Mediterráneo oriental a través del canal de Suez, llegando, incluso, una de ellas, hasta las costas españolas. Otras, son noticia por ser típicas de aguas cálidas y encontrarse en localidades bañadas por las aguas frías de una corriente de circulación marina constante, como son las de Humboldt (Pacífico suroriental), Malvinas (Atlántico suroccidental) o Benguela (Atlántico suroriental).

En su momento, estas referencias, de índole aislada, engrosaban los distintos inventarios faunísticos de cada sector o región y, en general, su mayor o menor novedad se atribuía a la dinámica de redistribución geográfica de los organismos. Sin embargo, tales eventos, vistos con una perspectiva más amplia, poseen un denominador común, puesto que siempre tratan de especies relacionadas con aguas frías o cálidas que penetran en territorios que, hasta el momento, les eran totalmente ajenos, por lo que actúan como indicadores de una situación dada.

Un estudio bien documentado que puede ilustrar el tema, procede de las costas atlánticas africanas del hemisferio sur (Namibia), donde fue posible seguir el gradual pero progresivo avance de la ictiofauna de origen tropical hacia localidades donde la dominancia residía en especies propias de aguas frías de la corriente de Benguela.

En efecto, el factor desencadenante del estudio, en 1982, fue la oportunidad de estar trabajando en la región desde seis años atrás y la lectura de una publicación de 1966, donde dos científicos rusos que investigaban sobre la distribución y biomasa de las poblaciones de merluzas africanas existentes a ambos lados de una discontinuidad térmica, daban a conocer las dificultades debidas al gradual avance y retroceso de la misma sobre un intervalo espacial comprendido entre los paralelos 19º y 21º de Latitud S.

Alcanzado este punto, quizás resulte interesante señalar que una discontinuidad térmica, no sólo da lugar a la presencia de un frente térmico, fruto del choque o mezcla entre las aguas frías y poco saladas (en nuestro caso de la corriente de Benguela de dirección sur-norte) con las más cálidas y saladas de una corriente costera de origen subecuatorial (dirección norte-sur), lo cual da como resultante un efecto de pared térmica que afecta a la separación de las ictiofaunas procedentes del norte y las que su origen es más meridional.

Además, la detección de una discontinuidad, si ésta se presenta en un sistema hidrológico estable en el tiempo, muestra unas características doblemente interesantes, pues no sólo permite investigar los límites de expansión de faunas incompatibles con las condiciones existentes a ambos lados, sino que a su vez es posible detectar la permeabilidad para aquellas especies capaces de superarlas. Así mismo, los fondos donde se produce el efecto de mezcla suelen ser anóxicos por la masiva detención (producción) de partículas orgánicas, su descomposición (mineralización) y posterior sedimentación.
De todo ello, lo realmente importante para nuestros objetivos de índole ictiofaunísticos, era confirmar si ese gradual y alternante desplazamiento del frente térmico, se realizaba de forma permanente entre unos límites determinados o bien éstos presentaban una tendencia a desplazarse claramente en el espacio y el tiempo, confirmando la progresiva desaparición de especies comerciales, tal como se venía diciendo, por sobrepesca, a causa de dejar espacios ecológicamente vacíos o por factores ambientales de más amplio espectro con la posibilidad de reconstruir su historia.

Para confirmar si su desplazamiento era gradual pero continuo hacia el sur fue necesario recurrir a dos premisas susceptibles de ser abordadas: a) la detección de la franja anóxica con lo cual también sería posible, a menos que existiera un efecto de lavado, seguir su trayectoria en el espacio y en el tiempo y, b) la existencia de reportes bibliográficos suficientes, anteriores a los datos obtenidos durante los últimos seis años.

Ambas premisas pudieron salvarse satisfactoriamente. En primer lugar, al detectarse una extensa franja anóxica desde el límite norte investigado (paralelo 17º30º S.- frontera con Angola), hasta el 23º10' S. Vestigio del trayecto recorrido, en su desplazamiento de componente sur, por la discontinuidad térmica. Su distribución batimétrica seguía el límite de las 12 millas marinas y su aspecto, más o menos, ahusado, corría paralelo a la costa, encontrándose la parte más ancha en las cercanías de Walvis Bay. Con lo cual pudo confirmarse que el importante hecho diferencial de su desplazamiento entre los límites establecidos (333 Km.), comentado por los autores soviéticos anteriormente citados, no se mantenía fijo y estable sino que venía desplazándose, presumiblemente en forma intermitente, desde tiempo atrás.

La segunda premisa a tener en cuenta estaba supeditada a la existencia de inventarios ictiofaunísticos que corroborasen el consiguiente desplazamiento de los peces en sentido norte-sur.

Efectivamente, las evidencias del evento existían. En 1951, un ictiólogo belga señala las diferencias ictiofaunísticas existentes al norte y sur de la bahía de los Tigres (16º30' Latitud S) en Angola. Más tarde, en 1958, dos autores portugueses publican una inventario íctico para las aguas de Angola donde es fácil situar la discontinuidad algo más hacia el norte, en Moçamedes (15º10' Latitud S), como si ésta hubiera retrocedido. Cuatro años más tarde (1962) otro autor, en un trabajo de corte pesquero y biogeográfico, la encuentra desplazada unas cuantas millas más al sur, en cabo Frío (18º30' Latitud s) en aguas de Namibia. Es en 1966, cuando los dos autores rusos, mencionados más arriba, sitúan esta misma discontinuidad entre los paralelos 19º y 21º de Latitud S. y donde por vez primera se comenta la intermitencia de su avance y retroceso entre estas dos latitudes.

Finalmente, en 1980, durante el transcurso de una campaña dirigida hacia la obtención de información pesquera, se registra la última datación, encontrando que la frontera, indicadora de la discontinuidad ictiofaunística, se había desplazado hasta la latitud de Walvis Bay (23º Latitud S.), datos que venían avalados por la presencia de una cuarentena de especies propias de aguas más cálidas de origen ecuatorial.

La conclusión obvia es el avance neto, en sentido norte-sur, del mencionado frente térmico. Si además tomamos como fecha de partida la publicación más antigua (1951) y la restamos con la fecha en que se describió por primera vez la discontinuidad (1966), contabilizaremos un intervalo de 15 años, encontrándonos con un avance de unos cinco grados de latitud (300 millas náuticas) pero, si esta situación la mantenemos hasta la latitud de Walvis Bay y en la fecha de 1980 como última datación nos encontramos que durante el período de 29 años, el frente se desplazó ocho grados de latitud o su equivalente de 480 millas (888 Km), con la consiguiente perturbación para todas aquellas especies habituadas a aguas más frías y ocupación de los espacios vacíos por aquellas procedentes de aguas más cálidas.

Esta clara evidencia de cambio, no debe llevarnos a especular en busca de períodos de tiempo concretos, lo que sí nos dice es que no se trata de los conocidos ciclos de 7 u 11 años relacionados con la presencia de manchas o actividades solares (que tanta literatura provocaron en su momento), ni por efecto de aspectos físicos generados por la actividad humana (pesca).

Una vez expuesto el ejemplo y su situación en el espacio y el tiempo, debemos proseguir con la segunda parte, es decir, la búsqueda de la causa capaz de originar un fenómeno de tamaño y escala acorde.

Como ya se adelantó anteriormente, dicha causalidad la podremos encontrar en la relación Tierra-Sol bajo un aspecto que por lo habitual del mismo adquiere carta de naturaleza permaneciendo entre nosotros como algo tradicional e inamovible.

La referencia es clara ya que estoy hablando de la estacionalidad, cuya significación tiene una valoración relativa según la latitud geográfica de referencia puesto que, un habitante, situado en una latitud ecuatorial o polar pasará del invierno al verano o viceversa sin detectar a penas una transición, lo cual sería impensable, extraño y, cuanto menos, anómalo para otro observador situado en una latitud intermedia.
Como es sabido, las modificaciones climáticas, a la escala que conocemos (estacionalidad), son debidas más a la inclinación del eje terrestre respecto a su órbita que al acercamiento o distanciamiento al Sol, cuyos efectos resultan imperceptibles incluso en los puntos extremos de la trayectoria elíptica de traslación. Así, mientras la Tierra efectúa su movimiento de traslación alrededor del Sol, el eje apunta siempre en la misma dirección.

En efecto, la inclinación del eje (aprox.: 23º 30') es un factor de la máxima importancia en las relaciones entre la Tierra y el Sol por lo que su variación influiría notablemente en la precesión de los equinoccios, acentuando o bien atenuando sus efectos, siendo el caso extremo la perpendicularidad del mismo respecto a la eclíptica (90º) lo que nos conduciría a una ampliación, en sentido norte-sur, de los límites de la franja ecuatorial y por lo tanto a una pérdida de significación de lo que hoy denominamos primavera y otoño.

Hay que añadir que, los efectos cronológicos y astronómicos de las estaciones, provocan variados tipos de consecuencias que condicionan la vida sobre la superficie de la Tierra como es la duración relativa de los días y las noches y la influencia en el tiempo atmosférico predominante en cada región y su alternancia.

Asimismo, la atmósfera queda expuesta durante más horas a las radiaciones solares en verano que en invierno. El mar, cuya temperatura se eleva suficientemente como para provocar, junto a otros factores, corrientes oceánicas que trasladan su influencia a lejanas costas de donde se originaron contribuyendo notablemente en la distribución de la Fauna y Flora del planeta.

Paralelamente, el elevado calor específico del agua (cantidad de calor necesaria para elevar la temperatura de un gramo de agua un grado centígrado), convierte al océano en un colosal amortiguador térmico, que impide que las temperaturas desciendan excesivamente en invierno o se eleven en demasía durante el verano. La influencia del mar en la dulcificación de las estaciones disminuye en las tierras más continentales, cuyo clima seco tiende a ocasionar diferencias notables entre las temperaturas máximas y las mínimas, con lo cual el ser humano vuelve a tener percepciones contradictorias sobre su inmediato entorno.

Además la función del mar como acumulador de calor introduce cierto retraso en los índices de temperaturas, de modo que las más extremas del año no se producen en los solsticios (verano-invierno), sino algo más tarde.

Lo hasta aquí mencionado solamente explica una situación conocida que se repite periódicamente, con inapreciables variaciones detectables a nivel generacional humano, sin que por ello cunda alarma alguna ya que las poblaciones (seres humanos, animales y plantas), así como sus respectivas estrategias frente al medio, se han ido adaptando o sucumbiendo de forma progresiva.

Sin embargo, existen testimonios avalados por estudios paleoclimáticos, el registro fósil y geológico que indican la no constancia en el tiempo de las condiciones ambientales tal como hoy las conocemos, aceptándose su posible causalidad al cambio cíclico que sufre el eje de rotación, aproximadamente cada 25.000 años, en el que éste se desplaza formando una suerte de doble cono, de modo que los polos describen un giro completo alrededor de la perpendicular al plano de la órbita provocando un cambio de la latitud climática de los círculos tropicales y polares y con ellos las consiguientes alteraciones ambientales.

Como puede verse el fenómeno ha sido estudiado, incluso se sabe que las variaciones de la polaridad terrestre con la erección del eje de la Tierra respecto a la eclíptica son de unas 468 centésimas de segundo cada decenio o su equivalente a 47 segundos cada siglo, pero se desconocen los efectos progresivos que dicha variación produce en la climatología.

Un simple cálculo indica que si contabilizásemos, solamente, los últimos dos mil años de nuestro calendario el eje hubiera variado, en su inclinación, algo más de 15 minutos por lo cual no sería nada sorprendente su influencia en los fenómenos que hoy día estamos viviendo. Por si algún posible lector le entusiasma el tema y quiere hacer unos números, diríamos que también se sabe que el último período de glaciación comenzó hace tres millones de años, prolongándose hasta el presente, y que en él se han distinguido épocas frías, denominadas períodos glaciales, y épocas más cálidas, llamadas períodos interglaciales, en uno de los cuales, comenzado hace unos 10.000 años, se enmarca la historia reciente de las civilizaciones humanas.

Pero, sean cuales fueren las causas, el efecto es que la temperatura media global aumenta con intermitencias pero con una tendencia constante y progresiva tal como nos muestra el gráfico con datos recogidos desde 1860 hasta la actualidad. Que, en el mar, la expansión latitudinal de la ictiofauna, en sentido del ecuador hacia los polos es un hecho, así como lo es, la presencia de masas de agua cálida en latitudes no acostumbradas.

Igualmente, en la tierra, los fenómenos de baja pluviometría y desertización de ciertas regiones parecen evidenciar el cambio climático. ¿Por efecto de la elevación de la temperatura global? mucho más aparente en las cercanías de los trópicos, y ¿Es ésta una respuesta al llamado efecto invernadero? o bien ¿se trata de un fenómeno de calentamiento natural cíclico y/o de avance gradual en el tiempo, a causa de la progresiva varición del eje terrestre? o quizás ¿Se trata del sumatorio de ambos?

Las preguntas del millón serían: ¿Existe un remedio susceptible de ser aplicado a los desequilibrios producidos por las actividades del ser humano? o bien ¿El fenómeno responde a una escala natural, imposible de incidir, por parte del ser humano, de forma efectiva?

En el primer caso la respuesta podría llegar a ser positiva y cabría su solución. En el segundo caso el único camino a seguir sería la preparación y la subsiguiente adaptación a los futuros cambios que se avecinan.

Por otra parte, no están demás unas reflexiones que todo biólogo debe hacerse. Por qué el 99,999% de las especies que han existido ya se han extinguido. Recordar que los fenómenos naturales suelen ser más drásticos y letales que la acción propia del hombre. Que, en los periodos geológicos, cuando los grandes saurios dominaban la Tierra, no existía la especie Homo sapiens y sin embargo, desaparecieron. Finalmente sólo resta señalar que, dado un tiempo suficiente, la probabilidad de extinción de una especie alcanza la unidad, es decir, tarde o temprano todas se van.
 
Mundo Científico (La Recherche). Núm.: 197 (Enero, 1999): 61-65

 

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