LLORIS, D.- 2000. Conservacionismo y Biodiversidad

Desde tiempo atrás, el hombre ha observado, con curiosidad, el hecho que, tanto él mismo como otros seres vivos ocupan territorios relativamente bien determinados. En efecto, desde que la vida apareciese sobre el planeta, se han desarrollado tramas orgánicas sucesivas producto de un proceso en el cual muchas de éstas formas han desaparecido para dar paso a otras. Así es posible decir que la diversidad de la vida que hoy observamos es sólo una parte de esta diversidad total, que ha existido desde su origen hasta nuestro días.

El término Biodiversidad, al igual que sucedió en su día, con el de Ecología y Contaminación, se está incorporando entre nosotros con naturalidad y general aceptación. Su utilización viene propiciada por los medios de comunicación y la sensibilidad creciente de las sociedades avanzadas tecnológicamente y por su entorno natural, ya que las sociedades primitivas, en progresiva desaparición, mantienen una comunión ancestral con el medio que las acoge.

Igualmente, la idea transmitida sobre dicho término se ha convertido en el talismán del conservacionismo, ya que abarca a toda clase de seres vivos. Pero, ¿qué significa exactamente ?

Su definición nos dice que se trata de : "La variedad de organismos considerada a todos los niveles, desde las variantes genéticas pertenecientes a la misma especie, pasando por conjuntos de géneros, familias e incluso niveles taxonómicos superiores, incluye la variedad de ecosistemas, que comprende tanto las comunidades de organismos que habitan en determinados hábitats como las condiciones físicas bajo las que viven".

Sin embargo, la comprensión de su significado escapa a la inmensa mayoría de los que la emplean (políticos, profesores, educadores, profesionales de la comunicación, etc.) incluidos muchos biólogos que, al parecer, no han reflexionado suficiente sobre el tema, dejándose arrastrar por motivos de carácter pragmático, emocionales o antropocéntricos porque, desde antaño, su estudio ha sido uno de los principales objetivos de la ciencia biológica y, por su importancia y trascendencia, debería ser prioritario en la investigación de ahora y de siempre.

Así, en líneas generales, si tomamos como muestra a uno de los estamentos mencionados y directamente implicado como son los biólogos, nos encontramos frente a los pragmáticos que solamente atienden a razones de mercado o hacia la disponibilidad de fondos que les procuren una continuidad en el quehacer diario, sin importarles la trascendencia de la temática (hoy son los monocultivos, mañana las ballenas y otro día la biología molecular). Son los conocidos mercenarios que, en la inmensa mayoría de casos, carecen de mínimos deontológicos profesionales o que ni tan siquiera se los han planteado.

Los emocionales, también conocidos como desubicados o progre-conservadores. Son aquellos que no atienden a los conocimientos y razones para lo cual se supone han sido preparados, confundiendo biología y emotividad lacrimógena social. Cuando deberían saber que la dinámica de la naturaleza nada tiene que ver con los sentimientos y a la variabilidad cultural humana.

No muy lejos de éstos se encuentran aquellos que, inmersos en una cosmología antropocéntrica, ignoran que también forman parte de la diversidad faunística, como si el resto de organismos fueran un todo lejano a su inmediato entorno físico.

Quizás, en el fondo subyace el desconocimiento del concepto de especie, en cualquiera de sus abstractas acepciones, hito fundamental para el estudio de la biodiversidad. Quizás también por ese motivo es por lo que, durante largo tiempo unos y otros han enredado y denostado, hasta llegar a la casi exterminación de los especialistas de la fauna y flora del planeta, es decir, a sistemáticos y taxónomos que pacientemente tratan de poner orden y conocimiento desde los tiempos de Aristóteles.

A otro nivel, si examinamos las palabras habitualmente utilizadas en el contexto que nos ocupa, observaremos que los términos conservar, preservar y, por extensión, conservador enmascaran tendencias más o menos aceptadas en el contexto social, que ya han sido apuntadas más arriba y que nada tienen que ver con el comportamiento de los fenómenos y ciclos que sigue la naturaleza.

El término conservador, en el discurso sociopolítico, nos dice que es sinónimo de reaccionario, tradicionalista y burgués, acepciones con las que solamente unos pocos querrían identificarse, siendo su contrario el término progresista con el que, de algún modo, muchos podrían o querrían asociarse.

Si en su lugar atendemos al verbo conservar parece que nos acercamos más a la sensibilidad popular, cuyas voces se levantan contra la desaparición progresiva y creciente de las especies por causas claramente atribuibles a la hiperactividad humana, ya que conservar es sinónimo de preservar, salvaguardar, cuidar, mantener, guardar, retener, continuar, seguir, palabras que gozan de mayor prestigio con un alto contenido moral y ético, siendo sus contrarios otros verbos de carga social negativa, puesto que aluden a deteriorar, tirar y abandonar.

De igual manera, recorriendo con mirada crítica nuestro inmediato entorno advertimos cierta tendencia a la valoración contradictoria y al paradigma.

Efectivamente, las sociedades, a través de sus escuelas, facultades e instituciones educativas y científicas, forman profesionales que, supuestamente, asesorarán cualquier iniciativa de carácter ambiental que se decida emprender, pero luego no se atiende a sus conocimientos y recomendaciones.

Nos enseñan que un ecosistema, cuanto más diverso más maduro y, en cambio producimos grandes extensiones con una sola especie de cultivo al que las plagas atacan con facilidad. Para contrarrestarlas creamos plaguicidas que deben potenciarse periódicamente, ya que sus efectos dejan de ser efectivos en un corto espacio de tiempo. Todo ello, aún sabiendo que los pocos organismos supervivientes se hacen resistentes a sus componentes tóxicos que, además, son perjudiciales para nosotros mismos.

Se nos enseña que un macho dominante en una manada de ciervos, leones, elefantes, etc. es el que guarda el acervo genético más sobresaliente y sin embargo, bajo pago monetario, matamos a dicho macho porque es una pieza que hablará de nuestra pericia como cazador y poder socioeconómico.

Es bajo estos signos, que deforestamos amplias extensiones de bosques y junglas, desviamos ríos, ocupamos parte de sus cauces de avenida, creamos barreras arquitectónicas de hormigón, cubrimos extensas superficies de asfalto, situamos playas donde anteriormente no existían, contaminamos con nuestros desechos un bien tan preciado como es el agua, etc. y, todavía no satisfechos, manejamos la energía atómica sin que, hoy por hoy, podamos controlar debidamente sus residuos.

Cuando un país poderoso niega su voto a emitir gases nocivos a la atmósfera, lo que en realidad está diciendo es que no quiere perder o dejar el poder industrial que posee y, por tanto, el dominio sobre otros. Cuando éste mismo país u otro se niega a dejar de matar a los grandes mamíferos marinos es porque parte de su riqueza proviene de ellos, evitando conflictos sociales o merma de su acervo cultural. Cuando un país reivindica seguir quemando sus bosques es que no quiere renunciar a su crecimiento en busca de energía o proteínas, dependiendo de otros, aunque el tiempo de la explotación sea efímero y sus repercusiones a medio o largo plazo sean catastróficas.

Nuevos avances en el conocimiento de los efectos de algunos compuestos contaminantes de origen químico (surfactantes y plastificantes) parecen ser sospechosos de actuar como disruptores endocrinos viéndose que peces y mamíferos, expuestos a ellos durante su desarrollo, sufren una progresiva feminización de las gónadas obteniéndose intersexos (animales con dos sexos), así como una caída de la tasa de fertilidad en los machos; siendo igual el resultado tanto si se trata de una larga exposición a pequeñas dosis de tales compuestos, como si se trata de una breve exposición a dosis altas.
La lista de despropósitos es mucho más larga, pero solamente con los enumerados hemos conseguido desalojar, limitar, hecho retroceder o eliminar a un cierto número de especies sin valorar previamente el posible alcance que nos puede reportar su mengua o desaparición en su inmediato entorno y consecuentemente en el nuestro. ¿Todo en beneficio de una sola especie ? Nosotros, o quizás deberíamos decir en beneficio de no se sabe qué especie ya que quizás estemos potenciando el fortalecimiento o evolución de otras desconocidas o consideradas, actualmente, como insignificantes o nocivas.

Estamos actuando como un depredador enloquecido por su éxito. Parece como si quisiéramos terminar con todas las presas y, con ellas extinguirnos. En otras palabras, es como si lleváramos inscrito en un escondido lugar de nuestro código genético el "vamos a acabar con todo y así, contribuiremos a generar un nuevo ciclo de vida con o sin nosotros".

De igual manera el término biodiversidad también suele utilizarse, desde la vertiente política, como pieza clave, talismán o argumento sobre el uso sostenible de los recursos, justificando alguna barbaridad sobre el desarrollo y calidad de vida. La verdad generalizada es una grave deficiencia en la gestión de los recursos, donde el imprimátur hace referencia al "parche" y a los contrapuestos intereses de toda índole.

Así, mientras unos claman contra la deforestación indiscriminada, las emisiones de gases nocivos a la atmósfera, los incendios provocados, la sociedad de consumo, etc., otros, proponen contraprestaciones paliativas para que sus intereses programáticos puedan seguir adelante con el menor costo posible. Es el mercadeo de las sociedades sensibles, herederas del ecologismo, donde la peor parte la sigue llevando el medio ambiental del que todos somos usufructuarios.

Todo ello recuerda la respuesta dada por un chaman práctico en el vudú. - Así a la pregunta de si no se sentía culpable por perjudicar con sus hechizos o mal de ojo a sus semejantes, respondió - "mis sahumerios y encantamientos siempre están en equilibrio con el orden natural porque, el mal dirigido hacia una persona representa la alegría de otra, que es quien me lo ha encargado".

Pero lo que hasta aquí se ha dicho no es nuevo. Hace tiempo que la biología está reñida con los intereses económicos de los distintos modelos de sociedad existentes y en particular con los más pujantes. Usar y tirar, esa es la consigna actual y, salvo raras excepciones, se sabe que los bienes ecológicos se han convertido en bienes económicos.

Con todo, no es de extrañar que, al igual que ocurrió con los términos ecología y ecologismo, la esencia fundamental del término biodiversidad se desvirtúe y hayamos emprendido el camino del conservacionismo. Es decir, protección excesiva a unas especies ignorando a otras y con ellas a todo el entramado que las sostiene.

Relacionados con los intereses de carácter económico y de producción, subyacen otros de orden estético y cultural difíciles de erradicar, por no hablar de las modas. Así, se desdeñan especies animales por su "fealdad" o por las molestias que ocasionan, y con ello se pretende justificar su destrucción, mientras que a otras, a las que se considera "hermosas" o "simpáticas", se las protege y se comercia con ellas.

Dónde están los perros techichi, los shock, los perros león; el spaniel italiano, el spaniel de norfolk, el spaniel español; el braco, el pointer alemán, el talhund, el rastreador ruso, el sabueso de san Humberto, el de la vendée; el lebrel egipcio y los pomerania. Todos ellos por citar al que ha sido llamado "el mejor amigo del hombre".

Otro tanto ocurre con las llamadas plantas de ornamento como la aspidistra (Aspidistra elatior), antaño tan popular que se la podía encontrar en todas las casas; hoy está prácticamente desaparecida.

Quién es capaz de discernir que un bosque es más hermoso que una pradera y ésta más hermosa que un desierto. Resulta más fácil apoyar un movimiento por la protección de los delfines que hacerlo por los tiburones. Clamar a favor de las mariposas que por los molestos mosquitos.

Seguimos ignorando que cada especie mantiene en su código genético un valor primordial que es el de comer y reproducirse es, en definitiva, la supervivencia y con ella la posibilidad de cambio o sustitución de unas especies por otras. También ignoramos el equilibrio intra e interespecífico y, no obstante potenciamos, con total desconocimiento y sin pausa alguna, la descompensación.

Pero, debemos volver a formularnos la pregunta ¿qué significa exactamente la biodiversidad? ya que con su definición, como hemos podido entrever, no basta.

Hay que empezar diciendo que la cifra de especies registradas hasta el presente se sitúa entre 1,5 y 1,6 millones, pero se estima que pueden llegar a ser unos 15 millones. Sin embargo, la realidad es que no existe un criterio fiable que nos diga si esta cifra es cinco o diez veces mayor y, si esto es así, el argumento tópico resultante es la imposibilidad de proteger aquello que se desconoce.

Igualmente ocurre con las evaluaciones de biodiversidad llevadas a cabo desde las administraciones, ya que suelen equipararse con el número de especies inventariadas en una localidad concreta. Así, en el supuesto que se conocieran todas las existentes en una región, lo único que con ello se indicaría es la riqueza específica del lugar pero no si realmente presenta una alta diversidad.
Un sistema, cualquiera que sea el caso, no es más diverso por contener 28 especies de un mismo género que otro que mantiene 28 especies de géneros, familias u ordenes distintos ya que lo verdaderamente importante es la diversidad genética que éste pueda contener.

La escala geográfica empleada también oculta sus falacias y contribuye a la confusión aduciendo que en una misma región solamente se cultiva una sola variedad de trigo, pero que a nivel del planeta se cultivan diferentes variedades lo cual ayuda a mantener la biodiversidad.

También hay que decir que el concepto de especie existente, seguido por biólogos moleculares, botánicos, genetistas y zoólogos, en sus diversas disciplinas, es múltiple. Que en muchos casos responden a experiencias o tendencias particulares, diferenciándose por algún matiz en la oración que trata de contener a una abstracción cuyo mecanismo es dinámico e inaprensible.

Dicho concepto, sea cual sea el adoptado, es el que en su momento influirá en la línea de pensamiento o actuación a seguir por el científico en cuestión, con lo cual, su asesoramiento o dictamen vendrá sesgado de antemano.

La vida, en condiciones naturales, en un lugar concreto azotado por una catástrofe se recupera rápidamente, las especies oportunistas se apresuran a llenar los espacios vacíos dando paso a la sucesión, que conduce a algo parecido al estado original del ambiente anterior a su destrucción o contaminación.

Hay que entender la diversidad biológica, no bajo el prisma del conservacionismo estático, de forma igual a como actualmente la conocemos, sino como la clave para mantener el mundo, de forma similar a como lo conocemos. Siempre se perderán especies pero, sin lugar a dudas, otras ocuparán su lugar.

Las especies vegetales o animales conviven, compiten entre sí o unas viven de las otras. En una superficie determinada hay siempre un máximo de especies que pueden vivir, un valor de saturación de especies. Si se agregan otras nuevas habrá un problema de sobresaturación, es decir, aumentará la competencia o la depredación, y algunas especies desaparecerán. Los mecanismos naturales (nosotros somos uno más) interactúan continua y dinámicamente aportando un paisaje que nos será más o menos agradable pero cambiante, incluso a pesar nuestro.

Desde el siglo XVI, en que empezó el comercio mundial intensivo de especies, el planeta se fue convirtiendo en un gran jardín botánico y zoológico. Se adornan con árboles, arbustos y plantas las calles, plazas y jardines en función de su precio, resistencia, cuidados y estética, pero nadie pregunta de dónde proceden y que impacto ocasionarán en su entorno. Aunque existen leyes y normativas respecto a la introducción de especies foráneas, cada vez proliferan más los comercios donde se pueden adquirir plantas o animales exóticos.

El turismo y el trasiego de mercancías intercontinentales por tierra y mar, son cada vez más numerosos y con ellos el transporte de bacterias, semillas, insectos, reptiles, aves y mamíferos. ¿Quién es capaz de detener esta dinámica?

No se trata de conservar cosas, es imposible. Se trata de observar una sucesión y, en consecuencia, no interferir en su proceso a menos de conocer, en profundidad, hacia donde conduce. Las que se están extinguiendo son las especies más raras o las menos agresivas.

Sí, es la destrucción de un material genético único e irrepetible. Pero no se trata solamente de legar a nuestros hijos un mundo más o menos "empobrecido", sino que, además se trata, que nadie sabe cuál puede ser la utilidad o impacto de esos cambios y cuál será la distribución específica de esa futura biodiversidad.

En las postrimerías de este artículo, huyendo de posiciones más o menos maniqueas, sobre qué especies o cantidad de las mismas desaparecen cada día y cuales son de interés quisiera particularizar en dos elementos fundamentales como son el aire y el agua.

Ambos fluidos, aparte de imprescindibles para la vida tal como la entendemos, son símbolos de nuestro entorno ambiental, por lo que no tienen, o quizás deberíamos decir que no tendrían que tener valor, ético, estético; o económico alguno, puesto que son los factores intrínsecos de la vida en el planeta y por tanto motores de supervivencia de la práctica totalidad de seres vivos que lo habitan. Son, por tanto, irrenunciables e innegociables.

Respecto del aire, quizás por ser más inmediato y aparente entre los seres humanos, ya se han postulado teorías, advertencias y posibilidades tanto desde el punto de vista natural como por el de injerencia humana.

Por el contrario, los artículos y actuaciones sobre el agua, suelen limitarse a las disponibilidades energéticas, regadío o consumo humano por no citar las de carácter lúdico, en especial, las que se refieren al de ámbito turístico.

El medio acuático (mares, océanos, ríos, lagos) es el ambiente natural para multitud de organismos, tanto del reino vegetal como animal. El agua, fuente de la vida, forma parte fundamental de todos los procesos climáticos y biológicos. Sin embargo, es el receptor final de la inmensa mayoría de substancias contaminantes y desechos de origen antropogénico ya que, utilizamos el espejo del agua a modo de alfombra que oculta todo tipo de suciedad que hemos sido incapaces de eliminar.

Solamente tenemos constancia estética de su estado en épocas estivales cuando frecuentamos los litorales, ríos y lagos de los países de clima benigno y apto para el baño o bien, cuando algún medio de información señala la aparición de peces flotando en su superficie.

Se le considera el disolvente universal, por lo que lanzamos en su seno multitud de substancias supuestamente biodegradables, pero no controlamos la mezcla entre sí de sus componentes degradados.

Su control y preservación va más allá de cualquiera de los planes establecidos para la protección de una u otra especie. Es el contenedor general de todas, ya sean éstas marinas o terrestres.

Para finalizar, quisiera decir que es posible que algún lector piense que este artículo es un mero trasunto de indignación personal. Algo puede haber de ello pero, al margen del particular estado de ánimo, existe un serio problema de fondo, que no es otro que la alarma ante la trivialización, el deterioro y la tergiversación que, por lo menos, una parte de las sociedades que pueblan el planeta nos inflingimos en nombre de algún tipo de progreso o de una prisa desmesurada. Es, en definitiva, una huida hacia delante, el parche ocasional en función de una economía de mercado esquizofrénica que satisface a unos pocos a costa de pagar un alto precio.
 
Mundo Científico (La Recherche). Núm.: 208 (Enero, 2000): 37-41.

 

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