Un estudio del ICM-CSIC y la UdG alerta de que los ejemplares jóvenes de esta especie clave han perdido cerca del 60% de sus reservas energéticas en las últimas dos décadas.
El aumento de la temperatura del agua está transformando los ecosistemas marinos y ya golpea directamente a una de las especies más comunes de nuestra cocina: la bacaladilla (Micromesistius poutassou). Un nuevo estudio del Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC) y la Universidad de Girona (UdG) muestra que los juveniles de bacaladilla han perdido cerca del 60% de sus reservas energéticas durante las últimas dos décadas.
Los resultados, publicados en la revista científica Marine Environmental Research, advierten que el calentamiento del Mediterráneo está comprometiendo la capacidad de recuperación de esta especie, que es importante tanto para la red trófica marina como para las pesquerías de la costa catalana.
Una especie clave para las lonjas catalanas
La bacaladilla es un pescado asequible y habitual en las pescaderías de Cataluña que, históricamente, ha sido capturado por el sector del arrastre (ya que habita entre los 100 y los 550 metros de profundidad). Desde el punto de vista ecológico, es una especie clave en el ecosistema, ya que transfiere la energía del plancton hacia los depredadores de niveles tróficos superiores, como peces, calamares y mamíferos marinos. A pesar de su relevancia, las capturas en Cataluña han caído en picado durante las últimas décadas, lo que genera una gran preocupación en el sector pesquero.
Para evaluar la salud de la población, el equipo científico combinó dos indicadores complementarios: los perfiles de ácidos grasos en el músculo, que revelan qué comen, y el índice hepatosomático, que mide la grasa y los nutrientes almacenados en el hígado (su "batería" de energía). Al comparar los datos de principios de los años 2000 con el periodo más reciente (2017-2022), se detectó que la grasa de las bacaladillas jóvenes se ha reducido drásticamente en un 58%, mientras que la de los adultos se ha mantenido estable. Esta debilidad en las fases tempranas se asocia con el calentamiento persistente del agua en el noroeste del Mediterráneo y se traduce en una menor productividad de la especie.
Los juveniles, la fase más vulnerable
La principal razón de este descenso en las reservas energéticas se encuentra en una disminución de la productividad del Mediterráneo, que afecta al plancton, el principal alimento de los juveniles de la bacaladilla.
"Los ejemplares juveniles y los adultos viven en zonas diferentes y tienen dietas diferentes. Los jóvenes dependen completamente de pequeños organismos planctónicos que son extremadamente sensibles a la subida de temperaturas. El calentamiento del agua en el noroeste del Mediterráneo está haciendo caer la calidad y la cantidad de este plancton", explica Mar Vila, investigadora predoctoral de la UdG y autora principal del trabajo.
En cambio, las bacaladillas adultas comen presas más grandes y ricas en grasa, lo que las hace más resistentes. “El problema es que si los jóvenes no tienen suficiente alimento para crecer de manera saludable, el relevo de la población está en peligro”, añade Vila.
"Estos resultados coinciden con la fuerte caída de capturas en Cataluña que ya habíamos documentado en investigaciones previas del ICM-CSIC", señala Joan Mir (ICM-CSIC), coautor del estudio.
El calentamiento global actúa en sinergia con la presión pesquera, lo que dificulta aún más la recuperación de la especie. Por su parte, Josep Lloret, también coautor por parte del ICM-CSIC, destaca que este trabajo demuestra la importancia de usar análisis bioquímicos e indicadores de salud para "detectar de forma precoz el impacto del cambio climático y diseñar una gestión de la pesca más flexible y adaptada a los retos actuales de la sobrepesca y el cambio climático".
Con todo, los resultados del estudio ponen de manifiesto que la protección de los stocks pesqueros ya no se puede basar solo en el control de las capturas, sino que también es necesario entender cómo el clima altera la biología de las especies. Solo integrando estos indicadores de salud en las políticas de conservación se podrán diseñar estrategias de gestión realmente eficaces que garanticen, a largo plazo, tanto la riqueza ecológica del Mediterráneo como la viabilidad de la pesca.